En la bóveda reverberaban las voces del procedimiento, sobre sus cabezas millones de colores y euros pendían cual murciélagos dormidos. No era fácil sostener el pensamiento bajo aquel cúmulo pendiente. Años atrás, sus antecesores habían derrochado a gusto. Aunque los recursos para controlar la miseria eran más reducidos que ahora, eso no obstaculizó el despliegue y además se aceptaron donaciones.
En el centro de la gran sala Iribik Sultnis insistía en la necesidad de poner en práctica su idea. Los representantes más poderosos se habían mofado tras la presentación, y ahora le miraban desconcertados mientras él se agitaba y gritaba con los rasgos alterados por la ira contenida. A fin de cuentas no era tan descabellada su propuesta, y el coste del proyecto ridículo para los beneficios que se obtendrían de él. No le resultó fácil asimilar el rechazo de la mayoría. Miró al cielo y sólo encontró un mar pendiente sobre la tierra, o algo así había dicho que representaba aquello el autor de tan colosal ornato. Quizás representase el diluvio, o una magnificación del ” jarro de agua fría ” que su país acababa de recibir en la presente sesión.







Hablando con un buen amigo sobre la confusión existente en la utilización del término “joven” y su exorbitante uso por parte del común. Llegábamos a la conclusión de que el adjetivo está sufriendo un cambio, quizás debido a tanto afán rejuvenecedor, y que ahora se utiliza más para medir al espíritu que al cuerpo. Él decía “se deja de ser joven cuando se tienen preocupaciones”, gran verdad. Cuantos niños agobiados por la necesidad tienen que trabajar pronto y duro, y en esa desmesura dejan de serlo. Y cuantos otros, que lejos de preocupaciones y agobios prolongan su juventud hasta la patética puerilidad con que se nos muestran.